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Recuerdos de Praga
Luis Guzman
Ensayista
[ Profesor universitario costarricense. Magíster
en Literatura Hispanoamericana. Es autor de Historia universal de la
infamia: subversión de un discurso narrativo y de otros artículos
en torno a la producción narrativa, lírica y ensayística
de Jorge Luis Borges. Desde 1970 enseña en la Universidad de Costa
Rica, Sede de Occidente, San Ramón, donde dicta cursos de literatura
hispanoamericana ]
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A cuatro años
de la muerte de Kafka, Brod declaraba que no se encontraba en condiciones
de escribir una biografía de su amigo. Tuvieron que transcurrir trece
años para poder hacerlo. El Kafka de Brod no escapa a una condición
inexorable por la cual está marcado el libro: la amistad. Una amistad
que reconoce al menos dos dúos en la tradición literaria.
El primero, Bouvard y Pecuchet. Kafka y Brod, como los dos personajes de
la novela de Flaubert, padecían las desventuras de la burocracia
estatal, y se sentían presos de la maquinaria judicial en los estudios
jurídicos donde trabajaban. Cuando por fin consiguen "el horario
simple sin servicio vespertino" se sienten liberados. Y quiso el destino
que el camino de regreso de las oficinas a sus casas fuese el mismo.
Entonces, como los personajes flaubertianos que se encontraron en el Jardín
Botánico y no se separaron jamás, Kafka y Bord se citan todos
los días. Kafka llegaba siempre unos minutos tarde. Llevándose
la mano al corazón exclamaba: "Soy inocente", en un gesto
que significaba casi lo opuesto a lo que dominó en su obra y en sus
personajes: la culpabilidad. De esa manera, los dos amigos deambulaban por
lo que todavía no era la Praga de Kafka.
La otra pareja literaria es la de Sócrates y Platón. Ante
la crítica de cómo podría ser recibido su libro, Brod
asume el papel de Platón: "Sin duda, no se recordaría
que Platón renunció durante toda su vida de manera análoga,
si bien mucho más completa, a considerar muerto a su maestro Sócrates,
consideró que seguía viviendo junto a él, pensando
con él, yendo con él por el camino, y lo realizó convirtiendo
a Sócrates en el héroe de casi todos los diálogos que
escribió después de la muerte de aquél".
Es posible que en el camino que iba desde el depósito de pólvora,
por la calle Zeltner hasta la Ciudad Vieja, los dos amigos recrearan este
diálogo. La imagen de Kafka vivo está presente en toda la
biografía. Ya que, como dice el propio Brod, no solamente lo acompaña,
sino que se entromete de manera fructífera, pero no hasta al punto
en que éste retroceda. En eso reside la valentía de esta biografía.
Brod llega incluso a criticar a Kafka, porque en realidad el héroe
no es Sócrates -a pesar de que su final podría ser comparado
en su dimensión trágica con el de Kafka- sino Platón,
quien fue el que transmitió la historia y el mito de su maestro.
Es por esta razón que la biografía de Brod adquiere su valor
singular, que reside en el peso de la transmisión oral, que el autor
maneja no sólo como fuente histórica, sino como estilo. Lo
conversacional está presente en las anécdotas, las charlatanerías,
las conversaciones donde debatían cuestiones amorosas y chapucerías
mezcladas con gustos literarios y temas trascendentales acerca de la evolución
religiosa de Kafka.
En esta impronta de lo oral reside lo singular de esta biografía
que por lo demás puede calificarse de clásica. Se divide en:
"Antepasados e infancia", "La universidad", "Luchas
por el empleo y la carrera", "Hasta la aparición de la
observación", "Los años de compromiso", "La
evolución religiosa", "Los últimos años".
La definición de clásica se apoya en el modo en que Brod utiliza
las fuentes, tanto la correspondencia personal como los Diarios del autor,
material que en el momento de la publicación de la biografía
era poco conocido o circulaba entre iniciados.
El libro está construido como un diálogo platónico
con el amigo ausente y tiene la presencia rotunda que da la desaparición
física pero no espiritual del interlocutor. El capítulo final
acerca de la muerte de Kafka se presenta como un desenlace dramático.
Primero, la decisión final de Kafka de casarse. Esa decisión
que, por su carrera literaria, postergó y suspendió con Felisa
Bauer. Celibato que rompe cuando solicita por carta al padre de Dora Diamant,
rabino ortodoxo, la mano de su hija, confesan do que él -Kafka- no
es un judío devoto. Recibió por respuesta una lacónica
negativa.
La biografía despliega entonces uno de sus hallazgos deslumbrantes:
la articulación del primer capítulo con el último.
Al comienzo del libro, la genealogía de los antepasados brutales,
la familia de los Kafka, matarifes provenientes de Wossec (Bohemia del sur)
y su relación con la rama, culta, de la parte materna: los Lowy,
la gran familia.
Pero también, en una articulación mayor, su pasaje de la "gran
familia" a la "pequeña familia", ya que en sus últimos
días el escritor, refiriéndose a las tres personas que lo
acompañaban (la enfermera, Dora Diamant y su amigo, el doctor Klopstock),
los va a llamar "su pequeña familia".
Por esas coincidencias entre la vida y la obra, Kafka trabajó el
último día de su vida en la corrección nada menos que
de su relato "El artista del hambre", que narra las tribulaciones
de un oficio en extinción: el ayunador de circo.
En su agonía están a su lado la mujer que lo acompañó
hasta el final, Dora Diamant, y su amigo el doctor Klosptock. En el sanatorio
de Kierling, en Viena, un martes 3 de junio de 1924, Franz Kafka muere rodeado
de estas dos personas.
En el desenlace, casi a la manera socrática, como un género
de la muerte, Kafka le solicita a su amigo y médico de cabecera que
le aplique la morfina que hace cuatro años le viene prometiendo.
La demora le hace decir a Kafka: "Usted me tortura, me ha torturado
siempre. No hablo más con usted. Me moriré así nomás".
Después, la frase que se ha vuelto célebre: "Máteme,
o usted es un asesino". Finalmente le aplican Pantopon, y Kafka entra
en un sueño feliz. Con la discreción que lo caracterizó
le pide a Klopstock, en su ensueño, que se aparte porque lo confunde
con su hermana Ellis. Siempre temió contagiar a alguien su tuberculosis.
Ese hombre que inventó la ficción más perfecta de cómo
se pretende diferir el tiempo, ese hombre detenido eternamente ante la primera
puerta de la ley no ignora esta vez que le está destinada. El propio
Klopstock, a través de una carta que escribe desde el sanatorio,
cuenta que cuando se quiso apartar de Kafka para limpiar la jeringa, éste
le pidió que no se fuera. Y ante la respuesta de Klopstock: "No,
si no me voy", Franz respondió con voz profunda: "Pero
yo me voy".
El extenso diálogo de la última página relata una muerte
socrática, según la versión de Brod, y kafkiana, si
creemos en ese eterno diferir del tiempo que su novela El Castillo introdujo
como drama humano en el mundo moderno.
© Luis Guzman, 2002
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