Una Lectura Lúdica a los fenómenos que hacen que un escritor se
conecte con la obra de otro y la use para la escritura de su propia obra,
descubrirá que esos fenómenos son múltiples e indevelables. Sin
embargo, es posible intentar algunas explicaciones, si bien no certezas,
que permitan continuar con el juego interminable del Lector Ludi.
Al fin y al cabo, la vida y las obras de los hombres son el fluido del río
heraclitiano al que todo converge y en donde todo evoluciona y todo se
trasforma. Porque, al igual que en la evolución biológica, la cultura
evoluciona, se reproduce, muta y se trasforma y de generación en
generación se trasmiten aquellos elementos que permanecen, tal y como
define Jorge Luis Borges el palimpsesto:
"En el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no
indescifrables- de la "previa" escritura de nuestro amigo" (Jorge
Luis Borges, Ficciones).
A manera de juego de Lector Ludi, he aquí una breve mirada a algunas
de las correspondencias genéticas en la línea de evolución cultural por la
cual se conectan tres de los grandes: Fiódor Mijáilovich Dostoievski,
Friedrich Nietzsche y Franz Kafka.
Dostoievski

Fiódor Mijáilovich Dostoievski, fue un gran lector y de sus lecturas
nutrió su escritura. Primero, Balzac y Gogol, a los que casi imitó. Luego,
leyó en el encierro de su cautiverio siberiano las novelas de Charles
Dickens, Los papeles de Pickwick y David Copperfield, las cuales, entre
muchas otras lecturas, influyeron la escritura de sus grandes novelas, las
que escribió a partir de su liberación de la prisión siberiana. Pero no
fueron esas las únicas y más primordiales materias nutricias, pero si
algunas de las más significativas.
Sin embargo, no sólo de literatura se nutre la escritura de Dostoievski,
también él se interesa por la filosofía y las ciencias de su tiempo, por
ejemplo y para el asunto que estoy tratando de mostrar, es curioso, por no
decir asombroso, el que una vez liberado, le solicite a su hermano que le
envié, entre otros libros, uno y muy especial que tendrá profundas
repercusiones en sus novelas, pero, por el cual y para el caso, se establece
una estrecha y extraña conexión con Nietzsche, mucho antes de que este
lo leyera a él.
Se trata del libro más influyente de Carl Gustav Carus, Psyché, el mismo
que también fue lectura para Nietzsche:
"Recién liberado de su prisión siberiana, Dostoievski solicita a su
hermano que le envié, junto con una significativa lista de libros, "el Carus": Psyche, que le era un libro familiar y conocido desde mucho
antes, tanto para él como para su hermano" .
El filósofo y psicólogo Carl Gustav Carus, fue uno de los precursores en
la teorización del inconsciente, al que consideraba subjetividad y
naturaleza. Un inconsciente que era tanto natural como espiritual.
Asuntos que incidirán de manera notable en la naturaleza psicológica y
espiritual de los personajes de las grandes novelas de Dostoievski.
Esa extraña conexión me sirve de pretexto para explorar en las
controvertidas lecturas que Nietzsche hiciera de Dostoievski y en las que,
años después, realizara Franz Kafka de ellos dos.
Nietzsche
Es bien sabido que Nietzsche fue juicioso lector de la obra de
Dostoievski y que Kafka lo fue de la obra de ellos dos. Sin embargo, el
impacto y las influencias que esas obras ejercieran en Nietzsche y en
Kafka, así como las conexiones y el uso que de ella hicieron ambos, es
muy diversa, como tiene que ser cuando se trata de artistas y de genios.
Se acepta como cierto, porque el mismo Nietzsche lo escribió así, que él
sólo leyó las obras Dostoievski con posterioridad a la escritura de Así
habló Zaratustra, pero no lo es. Lo que si es cierto es que esa lectura lo
conmovió hasta tal punto como para afirmar:
"¿Conoce usted a Dostoievski? ... un psicólogo con el que "yo me
entiendo" (Carta a Peter Gast, febrero 13 de 1887).
Así como:
"Dostoievski, el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo
tuve que aprender algo..." (Crepúsculo de los ídolos,
Consideraciones de un intempestivo, 45).
Y, en carta a Georg Brandes, el 20 de noviembre de 1888:
"Creo incondicionalmente sus palabras sobre Dostoievski, a quien
considero, por otra parte, el más valioso material psicológico que
conozco -le estoy agradecido de un modo extraño, aunque siempre
va en contravía de mis instintos más hondos".
Y no fueron esas sus únicas palabras de admiración y reconocimiento
para con la obra de Dostoievski como lo escribe Curt Paul Janz en su
biografía de Nietzsche:
"El 23 febrero de 1887 escribía a Overbeck: «De Dostoievski no
conocía hace pocas semanas ni siquiera el nombre -hombre inculto
como soy, que no lee ni cuanto menos un periódico. En una visita
casual a una librería la suerte puso bajo mis ojos la obra recién
aparecida en traducción francesa L'sprit souterrain (¡algo parecido
me ocurrió a los 21 años con Schopenhauer y a los 35 con Stendhal!)
El instinto del parentesco (¿o cómo tengo que llamarlo?) habló de
inmediato, mi alegría fue extraordinaria.» El nombre de
Dostoievski tenía, de todos modos, que serle conocido a Nietzsche
desde la recensión de Widmann, esto es, desde finales de
septiembre, y el capítulo "Del pálido delincuente" del Zaratustra
invita a pensar en un conocimiento todavía más temprano. Tal vez
latía un recuerdo en su subconsciente que le hizo aferrarse al libro
al ver el nombre en la cubierta".
Es de esa última afirmación de Curt Paul Janz en la que puede
abducirse que en la relación de Nietzsche con la obra de Dostoievski
existe un extraño "lapsus", porque él no reconoce, en parte alguna, haber
leído a Los hermanos Karamazov, pero si reconoce la lectura de otras de
sus novelas y del poderoso influjo que ejercieron sobre él:
"Que la lectura de Dostoievski dejó huellas profundas en
Nietzsche, es cosa que sólo cuando el derrumbamiento en Turín
vendría a revelarse. Queda, en cambio, como cuestión abierta la del
grado y medida en que determinadas ideas y formulaciones de sus obras posteriores fueron influenciadas por las discusiones de
Nietzsche con el nihilismo ruso moderno y con las teorías de la
justificación de los violentos (p. ej., en Crimen y castigo)".
Es la presencia de Dostoievski la que se revela "cuando el
derrumbamiento en Turín", en la dramática escena en la que Nietzsche se
abraza llorando al cuello de un caballo que estaba siendo azotado por su
cochero, la cual se corresponde con la escena similar del sueño de
Raskolnikov en Crimen y castigo.
Pero esa es ya una presencia tardía. La presencia más temprana que
Curt Paul Janz sugiere, es aquella que se remonta a los días y noches
felices del enamoramiento de Nietzsche por Lou Andreas Salomé, la
muchacha rusa que lo conmovió hasta el punto de "madurarlo" para
escribir Así habló Zaratustra.
Debió ser ella quien le recomendó a Nietzsche la lectura de la obra de
Dostoievski y él, juicioso y enamorado, se sumergió en aquellas novelas
de sustancias psicológicas y religiosas, hasta tal punto que el Cristo del
relato del "Gran Inquisidor", en Los hermanos Karamazov, sea uno de los
motivos y figuras que encarnan a Zaratustra, tal y como puede notarse en
el discurso "Del pálido delincuente", primera parte de Así habló Zaratustra.
Sobre este asunto ya he escrito en otros textos.
Otra evidencia de esas lecturas tempranas se presenta al establecer las
conexiones, relaciones y correspondencias, de esa primera idea del
Superhombre y la crítica al hombre superior del romanticismo que
hace Dostoievski en las ideas que Raskolnikov encarna en Crimen y
castigo, lo cual lleva a pensar el que, en la sufriente figura y motivo de ese
personaje, disociado, trágico del amor y de la sociedad, también se
encarnan los padecimientos y el despecho que afectaban a Nietzsche
cuando en diciembre de 1882 escribe por primera vez la idea del
Superhombre:
"No quiero la vida de nuevo. ¿Cómo he podido soportarla?
Produciendo. Qué es lo que permite soportar su vista? La visión del
superhombre, que dice que sí a la vida. Yo también lo he intentado
¡ay de mí" (Nietzsche, Fragmentos póstumos, diciembre 1882).
Aun cuando el asunto no es así de sencillo.
Si bien esta primera idea del Superhombre es, indistintamente, trágica
y dramática y casi podría decir: melodramática, en el momento en el que
Nietzsche la precisa en Así habló Zaratustra, tanto el Superhombre como
"el hombre superior", ya han sido diferenciados y dotados de sus propias
naturalezas, una especie de "mesías" y de habitantes del "reino de
Zaratustra".
Por una parte, tanto el Superhombre como "el hombre superior", son
dotados con los elementos de la antigüedad clásica de dioses y héroes y,
por la otra, dotados de las características con las que Giordano Bruno
define al "furioso heroico" y a "los asnos positivos y negativos" y a los
"pedantes", las que bien explica Miguel Ángel Granada en su edición del
diálogo italiano de Bruno: Cábala del Caballo Pegaso. Y, por supuesto,
también dotados de aquellas condiciones que Spinoza propone y que
Nietzsche ya reconocía y hacía suyas el 30 de julio de 1881:
"[...] el 30 de julio hace a Overbeck, en una tarjeta postal, esta
importante confesión: «¡Estoy totalmente admirado, totalmente
fascinado! ¡Tengo un predecesor, y vaya uno! Casi no conocía a
Spinoza: lo que ahora me llevó a él fue una 'acción instintiva'. No
sólo su orientación general es semejante a la mía -hacer del
conocimiento el afecto más poderoso-, sino que, además, yo mismo
me reconozco en cinco puntos fundamentales de su doctrina; este
pensador, el más anómalo y solitario, me resulta más cercano en lo
siguiente: niega la libertad-; los fines--; el orden ético del mundo-;
la falta de egoísmo-; el mal-; aunque es verdad que las disparidades
son grandes, se debe más bien a diferencias de tiempo, de cultura,
de ciencia. In summa: mi soledad, que a menudo, como sucede
sobre las cimas muy altas, me producía sofocos y hacía que la
sangre afluyera por todas partes, resulta ahora, al menos,
compartida con otro» .
Sin embargo, el proceso existencial e intelectual de Nietzsche a las
figuras y motivos de Bruno, Spinoza y Dostoievski, será más oculto y
hermético, como consecuencia de las circunstancias que rodean a la
escritura de Así habló Zaratustra y la poca información que sobre ellas se
conservó.
Es por ello que el uso más extendido y evidente que Nietzsche hiciera de
la obra de Dostoievski, corresponde a sus escritos inmediatos y mediatos
al reconocimiento de su lectura de 1887.
Esto escribe Nietzsche en El Anticristo y otros escritos:
"Aquel mundo raro y enfermo en el que los evangelios nos
introducen -un mundo que se diría salido de una novela rusa, en el cual parecen darse cita los desechos de la sociedad, las dolencias
nerviosas y un idiotismo "infantil"..." (El Anticristo, 31).
(...)
"Qué pena que no hubiese un Dostoievski entre esa sociedad
(cristiana primitiva): de hecho, a lo que mejor corresponde la
historia entera es a una novela rusa -seres enfermos, conmovedores,
rasgos aislados de sublime extrañeza, en medio de cosas disolutas y
suciamente plebeyas... (como María Magdalena)" (Fragmento del
invierno 1887-1888).
(....)
"Habría que lamentar que en la cercanía de ese interesantísimo
décadent no haya vivido un Dostoievski, quiero decir, alguien que
supiera sentir precisamente el atractivo conmovedor de semejante
mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo" (El Anticristo,
31).
En su biografía de Nietzsche, Curt Paul Janz, explica el por qué este
llama a Cristo "idiota". Esta referencia, entre otras, también se
corresponde con el personaje del príncipe Mishkin, de la novela El idiota,
de Dostoievski:
"Según Nietzsche, Jesús no habría negado «el mundo», ni lo
habría minusvalorado como tránsito a un mundo «mejor» del más
allá: simplemente no lo tomó en cuenta, ni lo afirma ni lo niega, fue
un «idiota» ---en el sentido griego de la palabra--. Con esta palabra
se hace perceptible el influjo de las lecturas de Dostoievski en el
pensamiento y en las formulaciones de Nietzsche, en el sentido, por
cierto, de un enfrentamiento con la interpretación que Renan hace
de Jesús como «héroe». Hay que tener presentes tales relaciones y
fuentes si no se quiere falsear el contenido significativo de los
pasajes correspondientes. Jesús no fue un negador, un opositor, un
«combatiente» contra la iglesia judía ni contra nada; fue un
renunciante, un individuo «propio» (lo que significa idiotés en
griego). Sólo la interpretación de su vida por los discípulos y
apóstoles introdujo el «no» en este mundo".
Nietzsche, como lo hará Kafka veintitrés años después con Iván
Petróvich en Humillados y ofendidos, se mirará a sí mismo en el espejo
de Dostoievski y en el autor ficticio de Memorias del subsuelo:
"(...) he aquí un problema para mí: ¿por qué, en efecto, os he llamado "señores"; por qué me he encarado con vosotros como si
fuereis lectores de verdad? (...) Yo escribo para mí sólo, y de una vez
para siempre declaro que, si escribo como si me encarase con los
lectores, hágolo tan sólo porque así escribo con más holgura. Todo
eso es pura forma nada más. En cuanto a los lectores, nunca los
tendré. Que conste...
"(...) esto que dejo dicho podría dar pie para esta pregunta. "Si
verdaderamente no cuenta usted con lectores, ¿por qué conviene
consigo mismo, y hasta por escrito, condiciones como éstas de que
no seguirá plan ni sistema, que escribiría según vaya recordando,
etc., etc.? ¿Por qué se explica, por qué se disculpa? ¡Ah! Voy a
responderos" (Memorias de subsuelo, primera parte, cap. XI).
Ni el escritor de Memorias del subsuelo ni Nietzsche ni Kafka, darán
respuesta a esas preguntas, cada uno, a su manera, expondrá sus propias
razones con sus propias escrituras.
Nietzsche lo escribió rotundamente al final de sus obras:
"Escribí para mi mismo" ("Mihi ipsi scripsi").
Quizás para escribir con "más holgura" y sinceridad, tal y como lo
quería probar el escritor de Memorias del subsuelo:
"(...) quiero probar si nos es posible ser sinceros con nosotros
mismos y no tenerle miedo a la verdad" (Memorias del subsuelo,
primera parte, "La ratonera", cap. XI).
Kafka
Así como Nietzsche fuera un juicioso lector de Dostoievski, Kafka lo fue
de ambos. Kafka leyó a Nietzsche mucho antes que a Dostoievski: a los
quince años enamoraba a las muchachas leyéndoles poemas de Así habló
Zaratustra .
Cuenta Max Brod , que el 1 y 4 de mayo de 1910, se encontró con
Kafka en el Café Savoy, en donde se presentaba una compañía de teatro
de judíos orientales (rusos) cuyo repertorio eran obras escritas en yiddisch y que Kafka se entusiasmó mucho, por un lado, con la señora
Tschissik y, por el otro, con la amistad del joven actor Isaac Löwy .
Llama la atención el que Kafka, tan cuidadoso en anotar y comentar en
sus Diarios, empezados a escribir en mayo de 1910, sobre los autores y
títulos de los libros que lee, apenas mencione a Dostoievski y a sus obras
un par de veces, a finales de 1913, cuando ya había escrito los relatos más
dostoievskianos y en vísperas de la escritura de El proceso, la novela que,
como ha demostrado Guillermo Sánchez Trujillo, es un palimpsesto de
Crimen y castigo.
Pero coincidencia o no, lo que si es extraño es que, el inicio de la
escritura de sus Diarios, coincida con el momento de su primera lectura
de las obras de Dostoievski, como lo voy a mostrar.
Muchas de las primeras anotaciones de mayo de 1910, son expresiones
casi desgarradas y se refieren a su amistad con Isaac Löwy, pero más
impresionantes son las que dedica al desgarrado y clandestino amor por
la "la señora Tschissik", en particular, porque en una de esas anotaciones
casi que expone la materia del relato Desdicha, del que voy a hablar más
adelante:
"[...] pese a toda mi desdicha aun puedo sentir amor (...) Un amor
no terrenal, sin embargo" (Diarios).
Hay que recordar que "la señora Tschissik" es también motivo de la
escritura de la novela América o El Desaparecido que Kafka empieza a
escribir en aquel año.
La primera mención que hace Kafka de Dostoievski, pero ya tres años
después, es para anotar una cita:
"1913, 21 de julio. Método especial de pensamiento. Impregnado
de sensibilidad. Todo se siente como idea, aun en la mayor
imprecisión. (Dostoievski.)" (Diarios).
¿Se refiere Kafka a las extrañas reflexiones del escritor de Memorias del
subsuelo? Como estas:
"Me paro a reflexionar: tal causa, que me parece la primera, me
conduce a otra anterior, y así sucesivamente, hasta lo infinito. En
eso consiste la conciencia y la reflexión" (Memorias del subsuelo,
primera parte, cap. V).
Y en la segunda mención, Kafka trascribe un recuerdo a continuación
de haber anotado la escritura de una carta para "F." (Felice) y luego del
susto que le causó el encontrarse con una muchacha parecida a "F.", la
misma Felice que será personaje en El proceso, anotación a la que sigue
un recuerdo de la lectura de Humillados y ofendidos de Dostoievski y de
su relato, "Desdicha", cuyos motivos, el de Dostoievski y el de Kafka, son la
aparición fantasmal de una niña:
"1913, 14 de diciembre. (...) Carta a F., escrita en la oficina.
El susto de esta mañana, cuando, camino de la oficina, encontré a
la muchacha del seminario que se parece a F.; de momento no sabía
quién era y sólo advertí que se parecía a F., pero que
indudablemente no era F.; además, tenía aún otra relación con F.,
que iba más allá del parecido: la de que al verla yo en el seminario,
había pensado mucho en F.
Leo en Dostoievski el pasaje que tanto me recuerda mi
«Desdicha»" (Diarios).
Este recuerdo es un reconocimiento afirmativo que hace Kafka de su
relación con Dostoievski y de la fecha en la que realiza su primera lectura,
es decir, a en el primer semestre de 1910, porque permite establecer las
correspondencias de la escritura de su relato "Desdicha" con la lectura de
Humillados y ofendidos y de Memorias del subsuelo, lo que sugiere que
esas fueron las primeras novelas de Dostoievski que leyera Kafka. Lectura
que, por la fecha de la escritura de "Desdicha", se remonta al verano de
1910, un par de meses después de haber iniciado la escritura de sus
Diarios.
Como mostraré, "Desdicha", es el relato en el que el Kafka-literatura
encarna su escritura con Dostoievski y con el personaje narrador y
escritor de Humillados y ofendidos, Iván Petróvich, así como también
con el protagonista de Memorias del subsuelo y explica la desdicha que el
hombre del subsuelo le atribuye a Liza, la joven prostituta con la que se
relaciona hacia el final de la novela, la misma desdicha que Kafka le
atribuye a la niña de su relato.
Y es a partir de ello que se originan las íntimas influencias y conexiones
de la vida y la obra de Dostoievski que marcarán la vida y obra de Kafka.
Esos personajes, circunstancias y situaciones dostovieskianos, persistirán
-serán "reescritos" por Kafka- en los escritos, relatos y novelas
posteriores. Reescritura es la escritura del discípulo que reescribe la obra
del maestro para trasformarse, a su vez, en maestro.
Desdicha es, también, una palabra que aparece insistente en los Diarios (1910-1913) de Kafka, siempre en el mismo contexto existencial y literario
del relato.
Es imposible precisar con exactitud el momento de la lectura y la
entrada de la obra de Dostoievski en la escritura de Franz Kafka (por los
Diarios se pudiera abducir que eso sucedió a mediados de 1910). Lo que
si puede decirse con certeza es que esa obra provocará la escritura de
muchos de sus relatos y en especial de los relatos que se inician con "La
condena", El fogonero, La metamorfosis, en 1912; "Memorias del
ferrocarril de Kalda", En la colonia penitenciaria, "Ante la ley", en 1914, y
hasta la escritura de El proceso, en 1914-1915, novela escrita como un
gran palimpsesto de Crimen y castigo .
Pero, ya antes de este fértil período de escritura, Kafka había experimentado con la obra de Dostoievski, tal es el caso, como lo he
dicho, el relato "Desdicha", escrito en julio o agosto de 1910, en el cual
utiliza y traspone una escena de la novela Humillados y ofendidos,
asignándole su propia interpretación y sentido.
Trascribo a continuación la parte sustancial de ambas escenas, aunque,
en la integridad de las mismas, también se aprecia la trasposición que
hace Kafka del texto de Dostoievski.
Esta es la escena de Humillados y ofendidos, primera parte, capítulo X:
"Recuerdo que estaba de espaldas a la salida, cogiendo el
sombrero de la mesa, cuando me asaltó la idea de que, al dar la
vuelta, me encontraría irremisiblemente con Smith. Éste empezaría
por abrir la puerta silenciosamente y, colocándose en el umbral,
echaría una ojeada al aposento. A reglón seguido, inclinada la
cabeza, entraría, plantaríase ante mí, me clavaría sus ojos turbios y,
de pronto, se reiría en mis propias barbas con una risa larga y sorda
de su boca desdentada, y su cuerpo se estremecería durante largo
rato.
Esta visión se me presentó con extraordinaria claridad y
precisión; y al mismo tiempo se apoderó de mí la seguridad más
completa y más evidente de que todo aquello había de cumplirse sin
falta, de que se había cumplido ya, aunque yo no lo viera, por
hallarme de espaldas a la puerta, y de que en aquel preciso instante
ya estaba abriéndose aquella.
Volví la cabeza y ¿qué creen ustedes? La puerta, en efecto, iba
abriéndose lentamente, sin ruido, tal cual me lo imaginara minutos
antes.
Exhale un grito. En un principio no apareció nadie, como si la
puerta se hubiera abierto por sí sola. Pero he aquí que, de pronto, se
dejó ver en el umbral una criatura extraña, y pude cerciorarme de
que unos ojos me miraban en la oscuridad, fijos e insistentes. Un
escalofrío recorrió mi cuerpo. Lleno de estupefacción, distinguí a
una chiquilla, y creo que de haber sido el propio Smith no me
hubiera causado tanto asombro como la extraña y repentina
aparición de una niña pequeña y desconocida, a aquella hora y en
mi habitación" (Humillados y ofendidos, primera parte, cap. X).
Esta es la escena correspondiente de "Desdicha":
"Cuando ya se volvía insoportable -hacia el atardecer de un día de noviembre-, cansado de ir y venir por la estrecha alfombra de mi
habitación, como en una pista de carreras, y de eludir la imagen de
la calle iluminada, me volví hacia el fondo del cuarto, y en la
profundidad del espejo encontré una nueva meta, y grité para oír
solamente mi propio grito, que no halló respuesta ni nada que
disminuyera su vigor, de modo que ascendió sin resistencia, sin
cesar ni siquiera cuando ya no fue audible; frente a mí se abrió en
ese momento la puerta, rápidamente, porque hacia falta rapidez, y
hasta los caballos de los coches se erguían en la calle, como caballos
enloquecidos en una batalla, ofreciendo sus gargantas.
Como un pequeño fantasma, se introdujo una niña desde el
oscuro corredor, donde la lámpara no había sido encendida aún, y
permaneció allí, en la punta de los pies, sobre una tabla del piso que
se estremecía levemente. De inmediato, deslumbrada por el
crepúsculo de mi habitación, intentó cubrirse la cara con las
manos, pero se contentó inesperadamente con echar una mirada
hacia la ventana, frente a cuya cruz el vapor ascendente de la luz
callejera se había acurrucado, bajo la oscuridad. Con el codo
derecho se apoyó en la pared, frente a la puerta abierta,
permitiendo que la corriente que entraba le acariciara los tobillos y
también el pelo y la sienes".
La lectura de Humillados y ofendidos y de Memorias del subsuelo,
debió haber causado en Kafka una conmoción de la misma magnitud,
aunque de diferentes efectos, que en Nietzsche.
Tal es el caso de Memorias del subsuelo, en la cual y hacia el final, el
hombre del subsuelo mantiene una relación erótica con Liza que
pareciera ser el modelo de las que Joseph K. mantiene con Leni en El
proceso y con Frieda en El castillo.
De ese fenómeno da clara cuenta Kafka en el relato "Desdicha", citado
atrás, en el cual, no sólo traspone la escena de la novela de Dostoievski,
sino que, así como Iván Petróvich toma la habitación y el lugar de
Jeremías Smith en Humillados y ofendidos, Kafka, o el narrador de
"Desdicha", recrea esa misma habitación y asume el papel de Iván
Petróvich en el relato. Es por ello que, el Kafka-narrador, al mirarse en el
espejo, se reconoce a sí mismo, se explica su propia naturaleza de escritor
y contempla la visión de su próximo futuro:
"... me volví hacia el fondo del cuarto, y en la profundidad del
espejo encontré una nueva meta" ("Desdicha").
¿Qué es lo que descubre Kafka en su lectura de Humillados y
ofendidos?: Que el personaje-escritor Iván Petróvich, es él mismo, que es
él el que piensa, siente y escribe como Iván Petróvich, tal y como lo
escribe, casi con la mismas palabras, en numerosas anotaciones de sus
Diarios.
Esto lo dice Iván Petróvich como si lo hubiera escrito Kafka:
"Había notado que en un albergue estrecho las ideas se
comprimen. Por otra parte, siempre que meditaba mis futuras
novelas gustaba de recorrer el aposento de un lado a otro. Dicho sea
de paso, siempre me resultó más grato idear mis obras y soñar con
su realización que ponerme a escribirlas, y les aseguro que nunca
fue por efecto de la pereza. ¿Por qué sería, pues?" (Humillados y
ofendidos, primera parte, cap. I).
Así se explica ese grito sin fin y extendido hasta la inaudición del
narrador de "Desdicha", diferente al grito exhalado por Iván Petróvich. Son
dos gritos de terror, el de Iván Petróvich, una exhalación de "terror
místico" ; el de Kafka, de terror trágico . Iván Petróvich ha visto
materializarse en la puerta de su aposento el cuerpo real de su
presentimiento en el cuerpo de la misera chiquilla y, con ella, y para
Kafka, se materializa aquel terror que él infundirá a su escritura, como lo
explico más adelante. Kafka, además, ha visto materializarse el fantasma
del Eros que domina su existencia y su escritura.
Bien se sabe de la peculiar naturaleza erótica de Kafka, quien tuvo una
extrema visión de las mujeres y mantuvo una compleja relación con ellas,
ellas que fueron "la inmensa facultad de animar" su escritura , asunto
sobre el que ya he escrito en otros textos.
Bien vale la pena preguntarse si fue de Humillados y ofendidos y de
Memorias del subsuelo, en principio y luego de las otras novelas de
Dostoievski, de donde Kafka tomó, en parte, ese modelo de mujer
literaria que traspone en su escritura, a la que calificará de fantasma,
como puede abducirse al hacer la comparación de las dos niñas: la de
Humillados y ofendidos, personaje concreto y la del relato "Desdicha", a la
que Kafka trasforma en fantasma, así como de Liza de Memorias del
subsuelo que tanto excitaba al hombre del subsuelo como a Kafka, hasta
el final de sus días .
Esta es la descripción de la niña en Humillados y ofendidos:
"Tendría doce o trece años; era bajita, delgada y pálida, como recién salida de una enfermedad, por lo que resultaba más patente
el brillo luminoso de sus ojos, grandes y negros. Con la mano
izquierda se sujetaba sobre el pecho una vieja y agujereada toquilla
que cubría su cuerpo, tembloroso aún a causa del frío de la noche.
Llevaba por vestimenta puros andrajos, y su negra y apretada
cabellera estaba revuelta y despeinada. Permanecimos cosa de dos
minutos mirándonos fijamente el uno al otro" (Humillados y
ofendidos, I, cap. X).
Y esta es la niña traspuesta en "Desdicha":
"Soy una criatura; ¿por qué entonces tantas ceremonias conmigo?
–Exagera. Naturalmente, es una criatura. Pero no tan pequeña.
Ha crecido bastante. Si fuera una muchacha no se atrevería a
encerrarse con llave en una habitación, a solas con un hombre"
("Desdicha").
Para de inmediato ser trasformada en fantasma:
"Acabo de recibir la visita de un fantasma" ("Desdicha").
Ese es el mismo fantasma que volverá aparecer en otra noche posterior.
La noche del 13 de agosto de 1912, cuando a las 9 de la noche conoce a
Felice:
"La condena es el fantasma de una noche" .
Esa es la noche que da origen al relato "La condena", escrito de un tirón
en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, un poco más de un mes
después de haberla conocido. Relato que le dedicará a Felice y en el que
extrañamente ya está prefigurada la tormentosa relación. En las últimas
noches de noviembre de 1912, comienza a escribir La metamorfosis,
relato también de trasfondo dostoievskiano.
En fin, fantasmas de muchas otras noches y mujeres que aparecerán en
sus novelas: América, El proceso, El castillo y en otros de sus relatos.
***
Basta leer las anotaciones de Kafka en sus Diarios sobre su estado
anímico y físico, así como sobre su trabajo literario, durante el segundo
semestre de 1910, para notar su evidente conexión y correspondencias
con Iván Petróvich, en Humillados y ofendidos.
Esto dice Iván Petróvich:
"Estaba escribiendo una novela de considerables dimensiones, pero el asunto terminó de modo que ahora me veo hospitalizado y
creo que pronto dejaré de existir. Y siendo así, ¿qué necesidad hay
de escribir nada?
Este azaroso y último año de mi vida se me viene a la memoria tan
involuntaria como continuamente. Ansió apuntarlo todo, y me
parece que de no haberme buscado tal ocupación me moriría de
tristeza. Las impresiones pasadas me enervan a veces hasta
producirme dolor y tormento. Expuestas por la pluma tomarán un
giro más sereno y armónico, y tendrán menos parecido con el
delirio o la pesadilla. Así lo creo. ¡Hay que ver lo que vale el solo
proceso de la escritura! Calma, enfría, despierta en mí los antiguos
hábitos literarios, convierte mis recuerdos y mis ensueños
enfermizos en obras, en ocupaciones... Sí, mi decisión es acertada;
por otra parte, constituirá una herencia para la enfermera: al menos
podrá tapar las ventanas con mis cuartillas en el momento de
colocar los marcos para el invierno" (Humillados y ofendidos,
primera parte, cap. I).
Esta es la anotación de Kafka en sus Diarios en los primeros meses del
año 1910. A diferencia del "azaroso" año de Iván Petróvich, para Kafka
son cinco meses:
"Al fin, tras cinco meses de mi vida en los que no pude escribir
nada que me dejase satisfecho, y que ningún poder me compensará,
aunque todos se sintiesen comprometidos a ello, me viene la
ocurrencia de hablar una vez más conmigo mismo. Seguía dando
siempre una respuesta, cuando realmente me preguntaba algo,
seguía existiendo siempre algo que arrancar de mí, de ese montón
de paja que soy desde hace cinco meses y cuyo destino parece ser
encenderse en verano y arder antes de que el espectador pestañee.
¡Ojalá me sucediese esto! Y que me sucediera decenas de veces,
porque ni siquiera me arrepiento de esa época infortunada. Mi
estado no es la desdicha, pero tampoco es dicha, ni indiferencia, ni
debilidad, ni agotamiento, ni cualquier otro interés, ¿qué es
entonces? El hecho de que no lo sepa se relaciona sin duda con mi
incapacidad de escribir. Y ésta creo comprenderla sin conocer su
causa. De hecho, todas las cosas que se me ocurren, no se me
ocurren desde su raíz, sino sólo desde algún punto situado en su
mitad".
¿Es esa desdicha el anticipo y anuncio de los fenómenos que expondrá
Kafka en el relato "Desdicha"? Más que probable.
Los estados de ánimo de Kafka serán extremos y al desasosiego sigue el
entusiasmo. Esto escribe Kafka en sus Diarios:
"1910, 16 de diciembre. No volveré a abandonar este diario. Debo
mantenerme aferrado a él, porque no puedo aferrarme a otra cosa.
Me gustaría explicar el sentimiento de felicidad que, de vez en
cuando, siento en mi interior, como ahora, precisamente. Es en
verdad algo efervescente, que me llena del todo con un ligero y
agradable estremecimiento y me convence de que tengo unas
aptitudes de cuya inexistencia puedo convencerme en cualquier
instante, también ahora, con toda seguridad".
Y al día siguiente:
"El hecho de que haya desechado y tachado tantas cosas, casi
todas las que he escrito durante este año, también ahora supone en
gran medida un obstáculo para mi actividad de escritor. Es
efectivamente una montaña cinco veces más grande que todo lo que
había escrito anteriormente, y por su volumen, se me lleva de
debajo de la pluma todo lo que escribo, arrastrándolo hacia sí".
El Kafka-literatura se ha visto en el espejo de Iván Petróvich y se ha
trasformado a sí-mismo en ser y personaje de las obras de Dostoievski.
Él, a principios de 1910, como Iván Petróvich, encuentra eco a su lucha
por escribir, por aliviar sus dolores y tormentos, y descubre que es
necesario, como para aquel,
"(...) apuntarlo todo, y me parece que de no haberme buscado tal
ocupación me moriría de tristeza", así como también empieza a
descubrir "lo que vale el solo proceso de la escritura" (Humillados y
ofendidos, primera parte, cap. I).
Siete años después, en 1917, al iniciar la escritura de sus "Cuadernos en
octava", Kafka vuelve a recordar los estados de ánimo y el "albergue" o
habitación de Iván Petróvich y de su relato "Desdicha":
"PRIMER CUADERNO EN OCTAVA: Cada hombre lleva en sí una
habitación. Es un hecho que nos confirma nuestro propio oído.
Cuando se camina rápido y se escucha, en especial de noche cuando
todo a nuestro alrededor es silencio, se oyen, por ejemplo, los
temblores de un espejo de pared mal colgado. Se queda ahí, con el
pecho hundido, los hombros caídos, los brazos colgantes, incapaz
de levantar las piernas, la mirada fija en un punto".
Pero no serán sólo esos los aspectos que Kafka tomará de Iván
Petróvich, en particular y de Dostoievski en general. Es en Humillados y
ofendidos donde Dostoievski define ese terror místico que se convertirá
en la cualidad fantástica que caracterizará a las obras de Kafka:
"Se trata de un temor profundo y torturante que yo mismo no
acierto a definir, hacia algo inconcebible e inexistente en el orden de
las cosas, pero que parece presto a realizarse de un momento a otro
y que, como para mofarse de todos los conceptos de la razón, va a
plantarse ante mí como un hecho irrefutable, pavoroso, deforme e
inexorable. Es un temor que suele ir acrecentándose más y más,
pese a todos los razonamientos de la mente, de suerte que la
inteligencia, no obstante alcanzar en esos momentos su máxima
lucidez, se ve en la imposibilidad de contrarrestar las sensaciones.
No se presta oído a la razón, que se convierte en algo inútil, y este
desdoblamiento acentúa más aún la azorada angustia de la espera.
Creo que, en cierto modo, este miedo es el mismo que el de las
personas que temen a los difuntos. Pero, en la angustia mía, lo
incierto del peligro agrava mi tormento" (Humillados y ofendidos,
primera parte, cap. X).
Así mismo, será la fuente originaria de los símbolos, imágenes e
historias de Kafka:
"(...) una historia tenebrosa, una de esas historia lúgubres y
sobrecogedoras que tan a menudo pasan casi inadvertidas bajo el
brumoso cielo de Petersburgo, en los oscuros y escondidos
cuchitriles de la enorme ciudad, en medio del alocado torrente de la
vida, del obtuso egoísmo, de los intereses contrapuestos, de la más
negra perversión, de los crímenes más refinados, en medio del
infierno de una existencia insensata y anormal..." (Humillados y
ofendidos, segunda parte, cap. XI).
Por ejemplo, en La metamorfosis, Kafka si convierte a Gregor Sansa en
el insecto que se encierra en su habitación. He ahí una doble trasposición,
directa e invertida, a Dostoievski y a su escritor de Memorias del
subsuelo:
"No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he
conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni
siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi
rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin
éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre
del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de
carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el
hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el
convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de
existencia".
(...)
"Ahora voy a contarles, señores (quieran ustedes o no), por qué ni
siquiera he conseguido llegar a ser un insecto. Lo declaro ante
ustedes solemnemente: muchas veces he intentado convertirme en
un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello" .
***
Luego será con Joseph K. que Kafka traspondrá y parodiará, a su vez y
además de sus otros propósitos e intenciones, las polémicas que
Dostoievski se había propuesto originalmente en Memorias del subsuelo contra las utopías socio-humanitarias, el determinismo de las leyes
de la naturaleza y la desnaturalización de ser hombres:
"Si nos abandonan y nos quitan los libros, nos sentiremos
perdidos, no sabremos a donde ir, a que aferrarnos, qué amar y qué
odiar, qué respetar y qué despreciar. Hasta nos oprime ser
hombres, verdaderos hombres de carne y hueso; nos da vergüenza,
lo consideramos una desgracia, y nos esforzamos por ser una
especie abstracta de hombre generalizado" (Memorias del subsuelo,
segunda parte, 5).
Son, aquel grito de alguien y el "muro de piedra" del "hombre del
subsuelo", los que prefiguran los absurdos a los que se enfrenta Joseph K.
ante el sacerdote que lo grita y lo pone en conocimiento de los escritos de
la Ley:
"Tengo más confianza en ti que en cualquiera de ellos, aunque
conozco ya a muchos. Contigo puedo hablar francamente.» «No te
engañes», dijo el sacerdote. «¿En qué me podría engañar?»,
preguntó K. «Te engañas con respecto al tribunal», dijo el
sacerdote. «En los escritos de introducción a la Ley se habla así de
este engaño: Ante la Ley hay un guardián de puerta [...]" (El
proceso, "En la catedral").
Y continúa con el célebre y hermético relato que se ha titulado: "Ante la
Ley", el que parece trasponerse y explicarse por lo que escribe "el hombre del subsuelo":
"«¡Perdone! -gritará alguien-. Usted no puede protestar: dos y dos
son cuatro. A la naturaleza no le preocupan las pretensiones de
usted; no le preocupan sus deseos; no le importa que sus leyes no le
convengan a usted. Está usted obligado a aceptarla tal como es y a
aceptar todo lo que procede de ella. El muro es un muro...»,
etcétera. Pero ¿qué importan, Dios mío, las leyes de la naturaleza y
la aritmética si, por una razón u otra, esas leyes y ese «dos y dos son
cuatro» no me complacen? Evidentemente, no podré romper ese
muro con la cabeza, ya que mis fuerzas no bastan para ello; pero me
niego a humillarme ante ese obstáculo por la única razón de que sea
un muro de piedra y yo no tenga fuerzas para calvario.
¡Como si ese muro pudiera procurarme alguna paz! ¡Como si
uno pudiera reconciliarse con lo imposible por la sola razón de que
se funda sobre el «dos y dos son cuatro»! ¡Es el mayor absurdo que
puede concebirse!
¡Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de
todas las imposibilidades, de todos los muros de piedra, y no
humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de
esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar,
siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más
desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de
responsabilidad en la muralla de piedra (aunque está claro hasta la
evidencia que no tenemos nada que ver con eso), y, en
consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando los dientes
con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni siquiera
podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos
enfrente a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa,
un engaño, un galimatías! No sabemos «qué» ni «quién», pero, a
pesar de todos esos engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos,
y tanto más cuanto menos comprendemos" (Memorias del
subsuelo, primera parte, cap. 1/III).
Por su parte, Joseph K. concluye así su conversación con el sacerdote
en la catedral:
"Debes, pues, pensar en que el engaño en que se halla el guardián
no lo perjudica, pero al hombre, mil veces.» «Aquí tropiezas con
una opinión contraria», dijo el sacerdote. "Algunos dicen que la
historia no otorga a nadie el derecho de juzgar al guardián. Cualquiera que sea la opinión que nos merezca, igual es sin
embargo un servidor de la Ley, es decir, pertenece a la Ley, por
consiguiente, escapa al juicio humano. Entonces tampoco se debe
creer que el guardián esté subordinado al hombre. Estar atado a su
servicio, aunque solo sea a la entrada de la Ley, es
incomparablemente más que vivir libre en el mundo. El hombre
acaba de llegar a la Ley, el guardián ya está allí. Ha sido llamado por
la Ley a cumplir con el servicio, dudar de su dignidad significaría
dudar de la Ley.» «No coincido con esta opinión», dijo K.,
meneando la cabeza, «porque, si uno se suma a ella, hay que
considerar cierto todo lo que dice el guardián. Pero que eso no es
posible, sí lo has fundamentado tú mismo detalladamente». «No»,
dijo el sacerdote, «no hay que tomar todo por verdad, hay que
tomarlo solo por necesario». «Una triste opinión», dijo K., «a la
mentira la convierten en principio universal» (El proceso, "En la
catedral").
Son muchos otros los ejemplos que pudieran citarse, pero esa
información puede buscarse en los estudiosos que han investigado las
relaciones de las obras de Kafka con las de Dostoievski.
También es, en Humillados y ofendidos, donde se anuncia una cruel
profecía:
Catorce años después, Kafka estará como Iván Petróvich, tendido en la
cama de un hospital y en vísperas de su muerte, quizás preguntándose
como él:
"(...) ¿qué necesidad hay de escribir nada?" (Humillados y
ofendidos).
Él, que vivió buena parte de su vida y hasta su propia muerte en su
escritura.
Y otra profecía: al igual que Nietzsche en Turín que enloquece abrazado
al cuello de un caballo de Dostoievski, Kafka también introdujo en su vida
y escritura aquel dostoievskiano caballo:
"(...) frente a mí se abrió en ese momento la puerta, rápidamente,
porque hacia falta rapidez, y hasta los caballos de los coches se
erguían en la calle, como caballos enloquecidos en una batalla,
ofreciendo sus gargantas" ("Desdicha").
Dos gestos simbólicos, el de Nietzsche biográfico, el de Kafka literario,
en los que el pensamiento y la escritura se disuelven en la locura, el terror y la inutilidad: una posible respuesta a la pregunta de Iván Petróvich.
Fueron las vidas y obras de Dostoievski y Nietzsche, las que le abrieron
a Kafka la puerta hacia el abismo de sí-mismo y de su expresión literaria.
No serán los únicos. También será un don Quijote en búsqueda de
Dulcineas .
Es ese el Kafka bestia, ángel y demonio.
Por lo demás, Dostoievski, Nietzsche y Kafka, son historias ya contadas.